Arquitectura y la ciudad post-COVID-19

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  • El doctor arquitecto Bernardo Gómez-Pimienta comparte un texto en el que realiza un análisis sobre la arquitectura y los cambios que ha traído la pandemia a la población de México y el mundo.

En el marco de la quinta sesión Arquitectura y Diseño del ciclo “La arquitectura y la ciudad post-COVID-19” de El Colegio Nacional, coordinada y moderada por el arquitecto Felipe Leal, el director de la Facultad de Arquitectura de nuestra Universidad Anáhuac México, doctor arquitecto Bernardo Gómez-Pimienta, acompañado de la curadora Ana Elena Mallet y del diseñador industrial Ariel Rojo, compartió un tema que giró en torno a los espacios construidos, abiertos y laborales, así como su relación con el diseño de objetos e instrumentos en un interesante artículo que expuso en dicho evento.

Arquitectura y la ciudad pos-COVID-19

Me resulta muy difícil hablar de post-COVID-19 cuando esta pandemia no termina y no nos queda nada claro cuándo lo hará. Incluso hace algunos días, el 24 de octubre, el jefe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, mencionó que la pandemia terminará “cuando todo el mundo decida acabar con ella” y que una pandemia que deja a 50,000 muertos a la semana “está lejos de terminar”.

Para recordar, permítanme hacer una breve mención a lo sucedido en los últimos dos años, ya que parece tan lejano, la pandemia inicio al final de 2019 en China y para el inicio del 2020 estaba ya en Europa, especialmente en Italia y España, desplazándose rápidamente a los Estados Unidos y a México.

En México, en marzo de 2020 se desarrolló de manera muy intensa y cuando algunos intentaron confinarse, pensamos que el efecto duraría unas pocas semanas o, si acaso, unos pocos meses. No ha sido así. Hoy, 20 meses después hemos aprendido mucho de este virus y cómo convivir con él, a pesar de los casi cinco millones de muertes oficiales según la OMS, que seguramente serán 10 a nivel mundial.

Los infectólogos sabían que un virus contagiable por aire podría ser la peor pesadilla de la humanidad, recordando a la epidemia de gripe española de hace 100 años que dejo entre 50 y 100 millones de muertos, en una sociedad sin turismo, ni medios masivos de transporte o comunicación y que llegó hasta el pueblo más remoto, en la península más inaccesible.

Cuando esta pandemia inicio, todos intentaron protegerse de diferentes maneras que, como Ana Elena, mostró resultados inútiles. Los tapetes en los accesos que no eliminaban el virus, pero solo mantenía más limpio los interiores; esos tapetes con alberca que en pisos de mármol se convertían en un peligro, en muchos casos más peligrosos que el COVID-19 mismo.

Simultáneamente llegaron los cubrebocas y caretas de varios modelos, máscaras que protegían la cara, como la desarrollada por Ariel, la cabeza o de plano el traje de burbuja, que bien podría ser empleado en Marte, siempre con mucha imaginación y empleando los materiales que cada uno tuviera a la mano. Así como una serie de artefactos para no tocar las puertas, manijas, cajeros de banco -que se decía era el lugar más propenso para contagiarse- para que los virus se mantuvieran.

En el pánico inicial -una histeria colectiva- que la prensa y las redes difundían sin reposo, nos quedamos paralizados en lo que podríamos diseñar como arquitectos y diseñadores.

En ese primer momento no se me ocurrió diseñar una silla más cómoda o una mejor mesa, que hubieran sido muy necesarias con los cambios de nuestras actividades en el día a día durante por lo menos un par de años. Así que me metí de lleno a fabricar con los tres Fab Lab de la Anáhuac lo que los hospitales solicitaban; fueron 8,000 caretas y varios modelos de caretas inclusivas -transparentes- para permitir leer los labios, aunque estas no fueron un gran éxito.

Cuando empezaban los problemas de las orejas perpendiculares al cráneo, fabricamos unos 3,000 sujetadores de cubrebocas que ayudaron al personal médico a sobrellevar las larguísimas horas en urgencias. También fabricamos varios modelos de protecciones para escritorios en acrílico que no parecen retrospectivamente ser demasiado útiles en combatir el virus, pues requieren de mucho lugar y material.

La siguiente emergencia sucedió cuando, ante la falta de cuidados correctos, ya que muchos médicos no conocían los mejores tratamientos contra este virus, se requirió intubar a los pacientes y no se contaba con suficientes laringoscopios, así que nos lanzamos en averiguar cómo funcionaban, que forma tenían y fabricamos unos 120 y, tristemente, varias decenas para pacientes infantiles que también requirieron ser intubados. Todos hicimos lo que pudimos, cada cual a su escala, algunos con mucha más visión o posibilidades, como mi amigo Daniel Parfait quien fabricó con Grupo Safran varios miles de respiradores para donarlos a decenas de hospitales que no contaban con ellos, visto la falta de suministros mundiales.

Simultaneo a esto, iniciamos una serie de actividades que vistas a la distancia resultarían, por llamarlo de alguna manera, curiosas, como salir de casa con botas, guantes y prácticamente ataviados de astronautas, para regresar lo más pronto posible e ingresar a la regadera antes de saludar a los demás miembros de la familia, en algunos casos lavándose con la manguera del garaje antes de entrar.

Las compras se metían en cloro o en agua con cal viva para acabar con el virus y nuestras ganas de comernos un jitomate en ensalada, ya que las frutas y verduras salían no en las mejores condiciones.

Muchas de estas actividades han desaparecido, pero seguimos no dándonos la mano y no saber a ciencia cierta cómo saludarnos, algunos lo hacen con el codo, otros con el puño, otros como monjes japoneses, con una reverencia. Pero sigo extrañando el abrazo de un amigo y el contacto físico.

A 20 meses hemos aprendido mucho de este virus, como la importancia de la vacunación, algo que no todos comparten, y de recuperar algo de la vida en comunidad, empezar a salir y no quedarse encerrados. Este ciclo con sus diversas mesas es un muy buen ejemplo.

Los problemas de depresión se han incrementado, lo mismo que la violencia domestica por convivir en lugares pequeños durante tantísimos días en condiciones que no son óptimas. Lo mismo que el sobrepeso, por no realizar actividades recreativas y deportivas. Un estudio decía que el promedio de sobrepeso durante la pandemia ha sido de 8 kilos por persona. Si alguno de ustedes no subió esa cantidad de peso, piensen en el que lo compensó para llegar al promedio.

Este proceso de encierro ha sido largo y algunos de los espacios que disfrutábamos o por lo menos acudíamos de manera regular han vuelto a abrir, en prácticamente todos los casos con condiciones de cupos y distancias que se deben de respetar, pero todavía no hemos recuperado todas las actividades sociales, culturales, comerciales o profesionales que solíamos hacer.

Queda claro que la vida no será igual que antes y debemos de aprender mucho de esta experiencia para no caer en muchos de los mismos errores y en cómo ser mejores como ciudadanos, cómo transformar para bien a nuestras ciudades e igualmente cómo ofrecer diseños funcionales y accesibles para todos nuestros utensilios.

Nos desplazábamos durante una hora y media para ir a una reunión, que ahora es en Zoom. El trabajo será en lo posible home office a través de dispositivos digitales, dependiendo de las actividades de cada uno. El teletrabajo ha sido posible gracias a Zoom, Teams y varios otros programas, pero un Internet diferenciado según colonias y con servicio intermitente no se puede aceptar. Este servicio debe mejorarse y ser de la misma calidad, de alta velocidad y ancho de banda para toda la población.

El teletrabajo llegó para quedarse, o eso espero, y eso hará que muchos metros cuadrados de oficinas queden desiertas. Estos son varios miles de metros desocupados, y transformarlos en vivienda no es tan sencillo como parece.

Las compras serán cada vez más de manera digital, sin necesidad de ir a la tienda, y probablemente varios cientos de centros comerciales cerrarán. E incluso la escuela y las universidades serán en parte virtual, sin perder la parte fundamental de fortalecer las interacciones y las relaciones humanas.

Pero para todos estos casos se deberán transformar y adaptar los espacios y en especial la vivienda para hacerlas más funcionales, diría plurifuncionales. Corrigiendo la parte estética, la funcional y de conectividad, pero en muchos casos mejorando también las condiciones de habitabilidad, con mejores aislantes térmicos y acústicos para no estar escuchando la conversación del vecino en la habitación adyacente.

Estamos en el proceso de modificar de manera dramática nuestra manera de vivir, trabajar, comprar y estudiar. Estos cambios gracias a la tecnología deberán de tener un impacto en la movilidad, permitirá a nuestra ciudad ser más sustentable, teniendo todos menos necesidad de transportarse y solo haciéndolo para lo que es necesario, y disfrutemos y dejamos lo superfluo al mundo virtual.

Pero esta pandemia también está teniendo efectos secundarios, dificultar el viajar de un país a otro donde las reglas cambian cada semana, un tremendo desajuste en el transporte mundial, donde los contenedores han incrementado su costo por diez, incrementado los tiempos, y donde deberemos de aprender a consumir cada vez más local.

El mundo se venía haciendo cada vez más pequeño, pero ahora están apareciendo controles, problemas por falta de personal que alargan procesos administrativos, de aduanas y de transporte que se vislumbra durarán todavía varios años.

El diseño no es superfluo y los espacios y objetos bien diseñados serán siempre bienvenidos. Objetos que hagan varias cosas, un ejemplo de esto es nuestro teléfono que se convirtió en un periodo de 15 años en agenda, directorio, cámara de fotos, álbum familiar, periódico por la mañana, mapa de zonas desconocidas e inexploradas, reloj, calculadora, diccionario, cuaderno de apuntes, grabadora de música, etc… y además pide un taxi, una comida, una opinión sobre el vino que estamos bebiendo, paga el parquímetro o realiza una transferencia. Un artefacto depredador que acapara todas las actividades.

No quiero decir que nuestra próxima cafetera deba, mientras sirve un capuchino, hacer hielos y triturar la basura, pero sí necesitamos objetos mejor diseñados que faciliten la vida y que tengan precios asequibles. En esta nueva época, donde tenemos restaurantes sin restaurante, lecturas sin libros, películas sin cines, saber la hora sin reloj, debemos aprender a vivir en simultaneo en dos mundos, uno real y tangible y otro virtual, donde este último en muchos casos parece más real que la realidad, y para mucha gente lo es. Este nuevo vivir en dos dimensiones no debe dejar a una parte de la población -que no tienen internet-, sin poder realizar muchas actividades o, por lo menos, con una mayor dificultad para conseguirlas.

Nos estamos convirtiendo en dos personas simultáneamente, una real con cuerpo y otra tan real pero virtual. Cada una con sus necesidades que a veces coinciden.

Al terminar la primera guerra mundial el incremento de tuberculosis llevó a una nueva arquitectura más limpia, más ventilada, con más iluminación natural, con nuevos materiales más sencillos de limpiar y, claramente, con una nueva estética que no solo tuvo un impacto en la arquitectura, los objetos y artefactos, también se transformaron y resultaron más útiles y mejores.

Ahora nos está pasando igual, esta pandemia es la razón que requeríamos para dejar nuestros espacios no tan aptos, con mala ventilación e iluminación, por espacios que deben de renovarse, reestructurarse y rediseñarse para ser más humanos, funcionales y amables, y lo mismo con todos nuestros artefactos.

El encierro de la pandemia tuvo, después de la respuesta inicial de pánico, diseñando y fabricando elementos de protección personal y hospitalarios, la posibilidad de tener algo de tiempo libre. El tiempo que no se perdió circulando de un lugar al otro, de una cita a una reunión. Este tiempo extra permitió a cada quien usarlo de diferentes maneras. En mi caso me permitió, con la cercanía de talleres de alfareros, diseñar con calma objetos lúdicos, poco útiles o funcionales, con un alto componente estético, como jarras, floreros, ánforas y elementos verticales en cerámica, donde los nombres para representarlos me faltan, que son hijos del tiempo que nos dejó un mundo suspendido durante la pandemia.

Fuente: www.anahuac.mx

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